Luces entre sombras

La mañana del décimo día pone otra vez a Menéndez y sus siete “dignos subordinados” en el banquillo de los acusados. Otra vez, los ocho imputados se paran para honrar y responder por sus actos frente a un tribunal civil, constitucional y democrático.
Mirta Susana Iriondo ingresa a la sala de audiencias erguida y con el paso firme. Su presencia, su convicción y su vida son, para los acusados, “el reflejo de sus errores”, como sostuvo Piero Di Monte en su declaración. Mirta se para frente a quien fuera el comandante del Tercer Cuerpo de Ejercito y lo identifica: “El ex general Menéndez”. El imputado reacciona y sentencia: “Soy general retirado”.
Luciano Benjamín Menéndez, durante lo que va del proceso no se ha inmutado. Permaneció impávido ante la presencia de los testigos y sostuvo una actitud distante, casi ausente. La contundencia de los testimonios sobre las atrocidades sufridas en “La Perla”, ni las acusaciones, ni la presencia de los periodistas (como en tiempos pasados), ni la identificación de los testigos.
En los diez días de juicio, sólo dos cosas lograron sacar al general de su intocable condición indiferente. La primera, cuando el presidente del Tribunal le informó que tras cumplir con las instancias preliminares, daría por comenzado el juicio. Entonces, el general retirado tomó la palabra para confirmar sus convicciones, manifestar la plena conciencia de sus actos y marcar la inconstitucionalidad del juicio, en un discurso cuidadosamente redactado. 
Su segunda reacción es menos premeditada, más visceral. La testigo acaba de quitarle su rango y no está dispuesto a tolerarlo. Cualquier agravio le es indiferente, el juicio, los crímenes que se le imputan, las víctimas o sus familiares. Ya lo aclaró en su discurso, ningún civil ni Estado democrático puede juzgarlo, tocarlo. Ningún testigo (subversivo marxista) puede señalarlo ni acusarlo. Las palabras de Mirta Iriondo sí, tan sólo porque no le reconocen su jerarquía.
La abogada defensora Crespi, más tarde le pedirá cuentas por esta designación. Para Mirta, el fortalecimiento de las instituciones implica también una depuración que ellas mismas deben realizar para sanear sus deudas con la sociedad, aunque reconoce que lo de “ex general es más bien una expresión de deseo”.

Un sistema de terrorismo federal
Antes de que inicie la declaración de Mirta Susana Iriondo, Menéndez, Rodríguez y Vega se retiran de la sala. El testimonio inicia en Buenos Aires donde, alertada por los sucesos que ocurrían en Córdoba, Mirta buscaba refugio junto a su hijo Bruno de un año y nueve meses. Luis Fabre, un amigo, le facilitaría un contacto en La Lucila para su escondite. Pero el 19 de abril de 1977 a las 18 hs es secuestrada junto a Luis en La Lucila. Mirta estaba con Bruno y ante la llegada repentina de tres vehículos empuja a su hijo hacia un costado y trata de escapar. Luis y Mirta son capturados. Allí empezaría su viaje al terror con el lastre más cruel que una madre puede arrastrar, el de no saber el destino de su hijo y el peso de sentirse la culpable de su abandono.
Con cinta adhesiva en los ojos y la cabeza encapuchada la llevan a El Vesubio, centro clandestino de detención en el partido de La Matanza, donde la torturan a golpes y picana eléctrica. Las secuestradas eran recluidas en barracas comunes con camas y esposadas a los caños de la cabecera. Vio también a Luis Fabre y Blanca (su esposa embarazada), Goldín y al matrimonio Ciufo. A todos los había conocido en Córdoba, pero los Ciufo eran de Rosario.
Lo que describe Mirta de su paso por El Vesubio es terrible. Vejámenes, violaciones, violencia indiscriminada y algunos pequeños destellos de vida. Su vecina de cama, una médica de apodo “Toxico”, aprovechando el cambio de guardia por un equipo más considerado, si es que cabe el término, pide por Mirta, para que le aflojen las esposas, porque le estaban cortando las muñecas, y le quiten la cinta adhesiva de los ojos conservando la capucha. 
Bajo la vigilancia del mismo grupo, un día “Tóxico” la llama. Suelta su mano de las esposas, se quita la capucha y corre hacia ella. Juntas toman una bolsa de pan y comienzan a repartir pedazos en unos nichos de cemento desde donde asomaban manos y los recogían. “Eran los hombres, a los que ni siquiera les daban de comer. Esa era la lucha por la vida que daba ‘Tóxico’ cada vez que podía. Pedir que aflojen unas esposas, despegar una cinta de los ojos, repartir unos pedazos de pan”.
El testimonio de Mirta sobre las violaciones ocurridas en El Vesubio alude a un modus operandi, un plan seguido a rajatabla en los diferentes Centros Clandestinos de Detención. Pero también desnuda un sistema pulido y perfectamente aceitado de operaciones puesto que días más tarde se les informa de un traslado para Mirta, Luis Fabre, Blanca, Goldín y los Ciufo. La idea de subir a un avión los aterrorizaba pues ya se conocían relatos de los vuelos, donde las víctimas eran arrojadas vivas al mar. El avión despegó. El primer aterrizaje se realizó en Rosario para bajar al matrimonio Ciufo que fue llevado a Granja de Funes. El segundo fue en Córdoba. Por los agujeritos de la capucha Mirta pudo reconocer la escuela de Aeronáutica de la Armada Argentina. El destino final no podía estar lejos de allí pues el traslado en camión le resultó corto. Mirta, Luis y Blanca ingresaban a La Perla. Secuestrados en Buenos Aires, ahora estaban cada uno en su lugar.

La oscuridad sin las vendas
En La Perla, es recibida por Jorge Acosta que sin demasiado protocolo le informa: “Usted está condenada a muerte. Usted está en manos del Ejército Argentino”. Ya en la cuadra, conoce a “Tita” (Santos de Buitrago), quien repartía la sopa y les ayudaba a ir al baño. También estaba Peruca “el Bocha”, que era un conocido suyo de antes que se le acercó para ayudarla. “Tita” y “el Bocha”, al escuchar que sería “trasladada”, insisten ante Acosta para que Mirta le ayudara a “Tita” que no daba abasto con sus tareas en la cuadra. Así, Mirta logra escaparle a la muerte. Sus trabajos junto a “Tita” le permitían quitarse la venda cada tanto, para barrer la cuadra, lavar la ropa. Curar a los que volvían de la tortura o acompañar al baño a quienes se movían con dificultad.
Esta circunstancial ausencia de la venda y su relativa movilidad convirtieron a Mirta en una testigo clave para la causa. Un mandato difícil de llevar, pues durante su secuestro en La Perla significó beberse a fondo blanco el dolor y sufrimiento de los que fueron pasando a su lado. Como el de Nelly Goyochea, una mujer policía secuestrada junto a su marido. 
Mirta le había conseguido a Nelly un rosario porque era muy religiosa. El día que la iban a trasladar, cuenta Mirta que “Fogo” (Lardone) la vino a buscar porque Nelly quería hablar con ella. La vio atada con las manos atrás y una venda prolijamente ajustada. Así Mirta vio de cerca por primera vez como preparaban a los que iban a ser trasladados. Simplemente quería agradecerle por todo y ya que la iban a matar, susurró Nelly, quería devolverle el rosario para que le sirviera a alguien más. Pero Mirta trató de convencerla que la llevaban por fin a la cárcel y que allí le iba a hacer falta. Finalmente se lo colgó al cuello y lo puso por debajo de su camisa para que no se lo quitaran.
Un tema recurrente entre las mujeres era la angustia por desconocer el destino de sus hijos. Mirta cargó durante todo el tiempo que estuvo secuestrada, con la imagen de Bruno abandonado y sólo. Junto a Nelly habían ideado un regalo para el día de la madre. Mirta lograba sacar papel y lápices de las oficinas cuando la enviaban a limpiar la sangre de los golpeados. Nelly había escrito una tarjeta para cada una de las secuestradas con el nombre de sus hijos y una frase dentro. Mirta todavía conserva la suya que dice Bruno y la entrega al juez. Recién en 1978, cuando Mirta con un régimen de libertad vigilada visitó a sus padres se enteró que después de varios meses de estar desaparecido, su hijo, Bruno había sido entregado a sus abuelos.

Aportes claves a la verdad
Del testimonio de Mirta Iriondo se desprenden elementos muy importantes para el juicio oral:
Logra reconocer en La Perla a las cuatro víctimas, cuenta sus charlas con Hilda Palacios preocupada por sus dos hijas y un pequeño niño, Martín hijo de un matrimonio secuestrado que estaba a su cargo; y le muestra al Tribunal, los dibujos que Raúl Cardozo había realizado en improvisadas tarjetas de año nuevo. En una charla, Cardozo le había comentado que era dibujante y Mirta pensó que consiguiendo más papel y lápiz podrían repetir para las fiestas, lo que meses antes habían hecho para el día de la madre.
En el traslado que para Mirta no fue, partieron Luis Fabre, Blanca y Goldín con supuesto destino de regreso a Buenos Aires. Días más tarde, el 23 de mayo de 1977, barriendo la cuadra escucha por la radio de un gendarme que los tres, junto a otros 12 (entre los que también se encontraba el matrimonio Ciufo) habían sido abatidos en un enfrentamiento en Monte Grande. Mirta confirmaba así el destino de los secuestrados y torturados que eran trasladados de la cuadra. Este mecanismo llamado “El ventilador” fue utilizado sistemáticamente por las fuerzas represivas en todo el país. De este modo solucionaban dos problemas: por un lado, ocultaban la tortura y posterior fusilamiento de las víctimas; y por otro, alimentaban socialmente la idea de que la guerra contra la subversión continuaba y, en consecuencia, el país necesitaba de ellos para ser pacificado. 
La trascendencia en este juicio del llamado “operativo ventilador” radica en que éste fue el modo en que se quiso ocultar el secuestro, tortura y fusilamiento de las cuatro víctimas.
Otro aporte central está ligado a confirmar la presencia en La Perla del capitán Jorge Acosta, ya que la estrategia de este genocida es demostrar que en el momento en que se produjeron los hechos investigados él se encontraba de licencia. Mirta cuenta que en noviembre de 1977, Acosta entra a la cuadra para comunicarles a ella y otras tres mujeres (Tita, Mabel y María Victoria) que les va a dar un “regalo”. Dicho “regalo” consistía en pasar uno o dos días (no recuerda exactamente) fuera de La Perla. 
Lo que sí recuerda Mirta perfectamente es que la mañana en que las llevarían de regreso a La Perla, el piso tembló con fuerza inusitada, era el terremoto de Caucete. La fecha es inapelable: 23 de noviembre de 1977. Acosta mira al vacío, sabe que su estrategia se desmorona como un castillo de naipes.
En el cierre de la jornada, y luego de que Díaz Gavier anunciara un cuarto intermedio para el día siguiente, Jorge Agüero pidió la palabra: “Que conste en actas que la testigo Iriondo fue realizado sin juramento previo”. El juez lo mira sorprendido, lo desmiente y hace constar en actas esas afirmaciones. En la sala de prensa hay un silencio nervioso e incómodo. ¿Puede ser posible que hayan olvidado tomarle juramento? ¿Puede ser posible que el defensor Agüero mienta sobre algo que fue grabado y documentado íntegramente? La duda dura poco, rápidamente se retrocede la cinta hasta el momento en que Mirta Iriondo dice “si, juro”. Triste lo de la defensa. Bronca despide el rostro de la abogada oficial Mercedes Crespi ante el manotazo de ahogado de su colega.
Finalmente la décima jornada del juicio oral, público e histórico se termina; en los pasillos se sigue debatiendo el pedido final de Agüero, que sale rápidamente de la sala de audiencias y se retira acompañado de su compañero Cuesta Garzón. Esta noche van a tener trabajo, ya no alcanza con abogados para ocultar la verdad.

Por Leandro Groshaus, Gino Maffini y Ariel Orazzi

Esta nota fue publicada en el Diario de juicio, publicación digital realizada por H.I.J.O.S. Córdoba con la colaboración de periodistas independientes.